Wed, 03/05/2014 - 13:49

Crónica 67 Y con éstas nuevas elecciones, se reactiva la herencia política

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El 20 de febrero de 2014 se cumplieron 50 años desde cuando un pueblo olvidado y situado en la parte más austral de Colombia, llamado Leticia, fuera declarado municipio.

A partir del día 22 de febrero de 1964 ese pueblo empezó su novel carrera administrativa independiente, pero también su lucha incesante para salir del olvido del gobierno central y soportar los posteriores avatares de la politiquería, que lo hacían un feudo manejado por los caciques politiqueros del Caquetá y del Huila, quienes - con el respaldo y colaboración de los gamonales de los partidos tradicionales regionales - manejaron por mucho tiempo los destinos políticos de la comisaría, politiquería heredada reinante hasta hoy. Pueblo que para aquél entonces, a pesar de sus incipientes servicios e incomodidades, era un paraíso donde no contaba el tiempo ni para sus habitantes, ni para los turistas, ni foráneos que de una u otra manera llegaban en busca de una aventura o a hacer patria en esa zona fronteriza.

Pueblo en donde se podía dormir con las puertas abiertas, llamado “pulmón del mundo”, “ciudad turística y ecológica de Colombia y el mundo”, por cuyas calles - polvorientas en época de verano y pantanosas en época de invierno - corría y se deleitaba esa muchachada que hoy, posiblemente, son los padres de los jóvenes que aspiran a transformar esa tierra, unos para bien como otros para mal. Pueblo en donde se respiraba el aire puro que produce esa selva circundante, hoy desafortunadamente contaminado por el smog que cada día emanan los motores del sinnúmero de vehículos que transitan por sus deterioradas calles.

Pueblo con un ambiente de paz privilegiada que compartía con sus vecinos fronterizos, en un círculo de rutina que sólo cambiaba cuando se tenían relaciones extras amparadas por la soledad de la noche y de la selva, paz que hoy desafortunadamente tiende cada día a deteriorarse por el incremento de actos vandálicos y de violencia incontrolados perpetrados por pandillas, ajuste de cuentas, atracos, micro tráfico, drogadicción, prostitución en un ambiente en donde a veces pareciera que existiera una callada permisividad.

Pueblo que se defendía laboralmente con sus bonanzas permitidas, como lo fueron las del pescado, las pieles y los animales vivos que daban sustento a la población indígena y a cuanto rebuscador llegaba a la región.

Y así, compartiendo estas faenas, siempre han estado juntas las dos empresas generadoras de empleo, politiquería y corrupción llamadas alcaldía y comisaría (hoy gobernación); y aunque la calidad de vida que se manejaba no era la mejor si daba para vivir con armonía y fraternidad.

Los años fueron transcurriendo y todos sus habitantes luchaban por salir adelante, en contra de los avatares del tiempo, la salud, los malos servicios y otras problemáticas aún vigentes.

Lo que nunca pensaron sus habitantes, politiqueros y gobernantes fue que detrás de esa tranquilidad de pueblo irían a llegar miles de invasores de diferentes calañas e identidades, quienes en colaboración con ciertos personajes inescrupulosos de la región transformarían el contorno del pueblo y sus moradores con su “nuevo negocio”, acallando el cantar de las aves silvestres con los estridentes sonidos de la música a alto volumen, el sonido de los motores fuera de borda de los deslizadores subiendo y bajando por el rio y en la noche el sonido de las armas de fuego haciendo espectáculo o cumpliendo su cometido.

Invasores que les cambiarían a los habitantes, la cachaza, el payavarú, la chicha de chontaduro, y el masato - bebidas que les calmaba la sed y les alegraba el corazón - por whisky, aguardiente, ron y toda clase de bebidas que los nuevos colonizadores traían para relacionarse y embrutecer al pueblo. ¿Y qué decir de los cigarrillos negros y tabacos tradicionales como el “charuto” reemplazados por cigarrillos rubios como el Marlboro y otras marcas americanas?

Los remos de las canoas fueron reemplazados por el famoso peque-peque, motores fuera de borda y por veloces deslizadores hechos en fibra de vidrio.

Sólo tres avionetas sobrevolaban los cielos amazonenses para la época: la de la comisaría, la de la Prefectura y la de George Tsalikis el Ícaro del Amazonas.

De Iquitos llegaba los aviones anfibios de la fuerza aérea peruana “Tan” que acuatizaban en Islandia y Ramón Castilla.

A Leticia sólo llegaban un vuelo de Avianca, uno de Cruzeiro do Sul ( Brasilero) y dos de Satena semanalmente, vuelos cuyo arribo eran motivo de fiesta en el pueblo; empresas que posteriormente tuvieron que aumentar sus frecuencias ante el incremento turístico de la época, sobre todo el de familias completas que llegaban del interior del país con gastos pagados por los emergentes con la finalidad de sacar droga con la anuencia, a veces, de algunas autoridades.

Entre los negocios que no fueron rentables inicialmente en el Amazonas estaba el de las funerarias, porque en Leticia la gente se moría de vieja, posteriormente, si fue uno de los mejores.

Con la entrada de estos “jinetes del negocio” el pueblo se fue llenando de supermercados abarrotados con productos extranjeros; los pequeños hospedajes fueron ampliando su capacidad. Se incrementó el mercado de vehículos - especialmente el de motos - casi en un cien por ciento.

Los nuevos colonos compraron a los nativos sus mejoras y ya fueron construyendo casas campestres, tumbaron monte y sembraron pasto para ganadería; el comercio de vacunos y equinos se incrementó puesto que el único caballo que existía en la región era el de Absalón Arango.

Y así lentamente, estos emergentes fueron permeando todos los negocios, familias, políticos, autoridades civiles y militares quienes vieron en este negocio la oportunidad, de aumentar su sueldo y sus haberes.

Todos vivíamos directa o indirectamente de ese negocio, pues quiéranlo o no, él era el que movía el comercio y los tentáculos de la corrupción en el pueblo, a la cual muchos residentes quedaron mal acostumbrados y razón por la cual es tan difícil erradicarla, ya que ese cáncer es heredado sobre todo por algunos personajes a quienes, viendo la fuerte persecución desatada contra la droga en los años 90, no les quedó más remedio que insertarse en las huestes politiqueras, mafia con más garantías dado que es patrocinada por los gobiernos, en donde la única condición para salir adelante de cualquier eventualidad es tener dinero para comprar conciencias, sobre todo en un pueblo en donde la lejanía de los controles centrales son más difíciles y la manipulación de los expedientes es más fácil.

Cuando en 1991 la comisaría fue declarada departamento, las cosas se tornaron más favorables para la clase politiquera de la región, quienes ayudados por los emergentes que quedaron en la ciudad tras la estampida nacional por las medidas del gobierno contra el narcotráfico, se ampararon en algunas fachadas no comprometedoras y ante el ingreso de dinero a las arcas del nuevo departamento por parte del gobierno central, vieron que por ese lado se podía manejar la situación, moviendo su dinero en campañas políticas y favoreciendo a ciertos personajes que se han prestado hasta la fecha para manejar los hilos de la contratación, las autoridades, los gerentes bancarios y de entidades controladoras y a cambio de qué? Esta es la situación que todo el pueblo conoce pero que nadie denuncia, unos por pertenecer a la organización y otros por diferentes motivos.

Con el dinero entrante y toda esa contratación, entra la era del modernismo para la ciudad y toda esa juventud mal acostumbrada por los excesos de la bonanza, vendían su alma al diablo con tal de hacerse nombrar como alcalde, gobernador o un puesto público en donde la premisa principal era hacer dinero a como diera lugar.

Y así vemos cómo en el transcurso de esta nueva era como departamento, la mayoría de gobernadores y alcaldes que han pasado rigiendo los destinos del presupuesto regional han descollado en la historia, no por la eficiencia y el compromiso de su gestión, sino por las investigaciones sobre su conducta indecorosa que los han llevado desde la suspensión del cargo hasta la prisión, situación que nos da el vergonzoso título de una de las administraciones más corruptas en el territorio nacional, peor que la de la costa atlántica, lo que ya es mucho decir.

Leticia es una ciudad en donde no se ve ninguna obra representativa de gobierno alguno, fuera de los elefantes blancos que solo dieron rentabilidad a los gobernantes y contratistas de turno, más los palacetes y fincas de los ex mandatarios que, luego de “exhaustivas investigaciones” y pagar irrisorias condenas en la casa por cárcel, salen a disfrutar de ellas como premio a sus vergonzosas actuaciones y el pueblo - como siempre - viendo cómo unas cuantas familias se lucran con los dineros de sus impuestos y cómo la ley solo rige para los legales pero no para los ilegales que salen adelante porque esos si dan ganancia. Pueblo convertido en paraíso de desplazados, reinsertados e insurgentes camuflados y cuanto rebuscador, timador o desempleado llega al territorio sin control alguno y en donde a los pocos días inician o continúan con sus acciones delictivas, en un contorno que ya quedó pequeño para la supervivencia de tanta gente que tienen que acudir a lo informal o ilegal con tal de sobrevivir, porque como dice la canción “No hay cama pa´tanta gente”

. Así que no debemos aterrarnos por la situación actual reinante en la región en donde su majestad el dinero, la corrupción y la inoperancia de los entes de control hacen que todo sea posible, y en donde les tocará seguir con ese karma hasta que la población - que es la patrocinadora de toda esa situación - tome los correctivos necesarios para controlar la problemática existente.

Desde aquel entonces, hace más de 50 años, los manejos politiqueros siguen la misma tónica de los cuales siempre se aprovecharán las sanguijuelas de turno, ante las situaciones de pobreza, hambre, desempleo y desajuste social que reinan en la región. Esta es la triste realidad de un pueblo llamado Leticia, que en otrora fue un “remanso de paz” en esta caótica patria llamada Colombia.

Carlos Javier Londoño O.

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